A Song for My Cleopatra ♥


~Cleopatra~
Cleopatra, Cleopatra, which dreams are from your beautiful nights?
Cleopatra, which dreams are from your beautiful nights?
Every heart beat in passion and every tongue sang
This is the world’s seductress and most beautiful creature of all time
Oh my love, this is my love night. Oh my love, this is my love night

Estado: Relajada
Música que escucho: Lollipop Candy BAD Girl (Tommy Heavenly6)
Download: Nada…

Endless Story: A continuación podrán leer la segunda parte del episodio titulado “Cleopatra regina“.


Al escuchar la explicación de Caesar descubrió que la colección no era abstracta, sino que eran piezas enlazadas por un hilo común formando un conjunto lógico, el artista había jugado con las formas y colores acorde al plan de representar conductas de los seres humanos. La colección tomó un sentido, volviéndose aún más interesante, cada anillo cumplía un papel. Maldijo por inoportunamente haber elegido cargar con ese pecado, cayó en la cuenta por descarte qué significaba la joya que decoraba su mano antes de que Caesar le diera nombre, al verlo besar el anillo de pronto sintió que el accesorio se había convertido en una trampa, ese lobo astuto no perdería la nueva oportunidad que se había creado para continuar el asunto que ella hubiera preferido dar por terminado. Efectivamente, él comenzó a cuestionar sobre el por qué estaba siendo rechazado. Sus sentimientos eran un caos, no se comprendía a sí misma… pero si había algo de lo que estaba segura, era que ese hombre no estaba vendiendo solamente el cuerpo al demonio sino también el alma, era una oferta tentadora. Por un instante se dispuso a probar el sabor de aquella boca que tantas veces le había dedicado dulces palabras, pero un timbrazo rompió el hechizo del momento y corrió como Cenicienta al escuchar las campanadas de la medianoche, perdiendo una de las pantuflas en la subida de la escalera.

Abrió la puerta de calle, y recibió un sobre grande de papel marrón con la dirección del teatro como remitente. Firmó para dejar confirmado por escrito que lo había recibido, aunque por un momento consideró seriamente no aceptarlo. Sabía lo que era, el director estaba empecinado en que ella ocupara el papel protagónico en la siguiente obra y dentro del paquete se encontraba una copia del libreto. La noche anterior se había negado a la propuesta, pero ese hombre le pidió que le diera el gusto de leer el guión completo antes de dar una respuesta definitiva.
Se dirigió a la sala de estar y con fastidio tiró el sobre sin abrir sobre la mesita ratona. Caesar ingresó al lugar persiguiéndola, ella tomó asiento en uno de los sillones de terciopelo rojo. –Cleopatra… Ese es el personaje que desean que encarne sobre el escenario…-, comentó sin dar más detalles, ya que su compañero por antecedentes comprendería el problema del papel en cuestión. Un personaje que se viera involucrado en escenas románticas no era para ella, le causaba repugnancia estar profesando palabras y gestos de amor a basuras. Sobre el escenario dejaba de ser ella misma, igual proceso para aquellos con quienes compartía plataforma, pero cuando de un romance se trataba realidad y ficción se le confundían, provocando que no lograra mimetizar las pasiones de una amante.


Siguiendo el recorrido de la dama, descubrió que el repartidor de correo había sido el causante de la interrupción. Por el tipo y tamaño de sobre supuso que se trataría del nuevo libreto, estaba ansioso por conocer al personaje que representaría su actriz favorita en la siguiente obra teatral. Ella siguió camino hacia la sala de estar, así que avanzaron sus pasos hacia mismo destino. La notaba descontenta, al parecer la muchacha había recibido un papel que no deseaba cumplir. Se arrodilló ante ella y le colocó en el pie que había quedado descalzo la pantufla dejada en la subida de las escaleras, entonces la escuchó dar nombre al personaje. Permaneció inclinado ante la futura reina de Egipto, contemplándola con admiración. Sensual y peligrosa, parecía naturalmente perfecta para el papel, pero comprendía cual era el problema del asunto. Ran nunca había fingido un coqueteo fogoso, fallaba en esa clase de actuación desde la primera vida. Recordaba lo pobres que podían llegar a ser las representaciones de su rey con falsos amantes, aunque no necesitó mejorar en ello porque aún siendo poco intenso lograba efectivamente el cometido de dar celos al que de verdad le apasionaba. Se puso de pie y se dio el permiso de tomar el sobre para curiosear el libreto, ojeándolo leyó que la obra se centraría en la relación de Cleopatra con uno de sus amantes en particular. –Acepte el desafío, una buena actriz debería tener un repertorio variado, le ayudaré a practicar…-, la alentó a aceptar aquel papel protagónico que le parecía tan interesante, además coincidir en nombre con la pareja de la reina del Nilo era un detalle que le inspiraba a jugar con el guión buscando trascender a la actuación.

Leyó la escena del segundo acto en la cual la encantadora egipcia se hacía entregar como obsequio al noble romano Julius Caesar. Una alfombra roja, al ser desplegada fue desenvuelta la majestuosa sorpresa, una joven preciosa llamada Cleopatra. Y allí tenía él en el salón a una belleza envuelta en terciopelo escarlata, deseó representar ese cuadro despojando a la reina que deseaba hacer suya de aquella tela, asignándole a la bata el papel de la alfombra… Pero fue un acto que decidió conservar en su imaginación, no debía pedir tal acción porque como la historia lo decía la dama era quien por motu proprio se entregaba.
Salteó páginas hasta llegar al tercer acto, por la noche, un encuentro casual entre los dos frente a una gran Esfinge. El líder militar estaba acampando por aquella zona con sus soldados. -¡Qué sueño!, ¡Qué magnífico sueño! Si lo es, ahora estoy durmiendo dentro de la tienda de campaña, durmiendo y soñando. ¿Crees que pensaré que esto es real, mi pequeña reina de ensueño?, ¡esto no puede estar pasando!-, exclamó en un tono enérgico tomando el papel de Julius Caesar. Extendió la mano hacia la muchacha, invitándola a ponerse de pie para participar.


Las palabras de su sirviente eran ciertas, se limitaba demasiado rechazando todo personaje que se involucrara en un romance, si deseaba destacar como una de las actrices más brillantes debía expandir sus horizontes. La superación personal era gratificante, pero ser el orgullo de Caesar era aún más motivador, después de escucharlo decir eso sentía que deseaba ser la mejor actriz por él. –Quizás lo haga… solamente porque es un pedido de mi fan número uno.-, respondió reconsiderándolo. Sonriente, lo notaba contento leyendo aquel libreto, al parecer admiraba demasiado a ese personaje histórico.

La noche anterior, ella había leído completos primero y segundo acto. El primero se centraba en la conflictiva relación entre Cleopatra y el hermano Ptolomeo, con quien se casó siguiendo la tradición familiar para ser ambos los nuevos reyes. En un comienzo no había tenido problemas en su representación, pero en el segundo acto Cleopatra coqueteaba con un hombre entregándose a sí misma como regalo. Intentaba pensar que ambos eran poseídos por espíritus de los muertos, quienes buscaban revivir sus memorias de antaño, ella se expresaba por alguien más, era la mensajera de la reina egipcia, y el hombre frente suyo el mensajero del correspondiente amante… pero su conciencia inevitablemente se imponía a la de Cleopatra, y entonces quería borrar del mapa al tipo que tenía enfrente. El sujeto asignado para el papel de amante le resultaba intolerable, había tenido demasiada mala suerte con ese reparto, matarlo en la espera de que el reemplazo le resultara menos desagradable parecía la solución. Un mínimo roce con aquel cuerpo la asqueaba; si lograba con mucho esfuerzo emitir una palabra dulce, por su tono de voz apática se escuchaba amarga.

De pronto Caesar recitó vivaz el inicio de un acto que ella desconocía, era una presencia que ciertamente le daba un nuevo color al personaje. Caesar no le resultaba indiferente o desagradable, le era familiar y querido… Aunque aún así actuar con él podía llegar a ser un desafío, uno diferente, pues sus hormonas alborotadas podían jugarle en contra haciéndola sentir nerviosa. Después de lo confusa que se había vuelto la relación, anticipaba que ponerse romántica con su guardián, aunque fuera actuando, en algún punto terminaría siéndole incomodo. Por un momento dudó en aceptar la ayuda de su compañero, pero terminó estrechando aquella mano que le proponía ponerse de pie, y tomó el libreto para leer su línea.
- Vine aquí para expresarle mis oraciones a la esfinge. ¡Me alegra verlo!, últimamente me siento muy sola. Creo que no debería confiar tanto en usted, Julius Caesar, hijo de tigres, jefe de los romanos que invaden estas tierras. Dicen que los romanos son bárbaros caníbales, podría usted intentar comerse mi carne… Pero me parece un viejo caballero divertido, y tiene una bonita voz, ¡me gusta! Además yo soy Cleopatra, mi sangre está mezclada con agua del Nilo, a nadie debo temer; y las advertencias que me han sido dadas puedo ignorar si lo deseo, porque yo siempre hago lo que quiero, incluso no importa si voy en contra de la voluntad de los dioses.-, emitió, si no conseguía parecer del todo natural era por aún no memorizar los diálogos y tener que mirar el papel, pero lograba expresiones faciales y un tono de voz que realmente denotaban un positivo estado de ánimo por el reencuentro.


Recibió de regreso el libreto y continuó, dando una respuesta indignado. -¡Ah!, ¡no me llame viejo!, que echa a perder el sueño. ¿Por qué no soñar que soy joven?- La muchacha tomó un pasador de pelo que se encontraba sobre la mesa para picarlo continuas veces, demostrándole que podía sentir dolor. Hizo una mueca dejando ver que el sentir de aquella punta sobre su piel le causaba molestia.

A su personaje le parecían divertidos los rumores que se esparcían por aquellas tierras sobre los romanos, había escuchado antes que los pintaban como gigantes con cuerpo de hombre y cabeza de toro, era de suponerse que algún guerrero había creado tal ilusión con magia alguna vez, había egipcios que aseguraban que esa forma era la que verdaderamente tenían. Descubriéndose según las historias como un caníbal, jugó con la dama. -Su pueblo teme a los míos, les aterra lo desconocido. Pero le diré algo para darle una buena defensa, los romanos nunca comemos mujeres… pero si niñas y gatos. Ahora usted tiene la inocencia de una pequeña, y aún conserva los rasgos felinos que heredó de la familia noble de los gatos Mau. Usted es una personita especial para mí, yo no me la comería, pero mis camaradas sí. Como su amigo, siento que es mi deber darle seguridad transformándola en una mujer.-, expresó acariciando con su mano libre una de las orejitas de leona. Julius Caesar pretendía desvirgar a la doncella esa noche, convertirla en su amante, y también, aunque no lo había insinuado con aquellas palabras, en su sacrificio. Cedió el libreto para que la muchacha prosiguiera.


Sabía hacia dónde se dirigía el acto, y estaba segura de que el lobo pervertido se proyectaría más allá del personaje. Procesó la siguiente línea en su cabeza antes de pronunciarla, y la emitió dubitativa. -Oh, debe poseer magia para ser capaz de hacer una mujer de mí, ¿es usted un hechicero?…-, expresó sin estar muy segura de que tono de voz emplear, sonó seca. –¿Comprende lo que el hombre pretende o no? ¿Debería sonar picarona porque está jugando con él, o es tan ingenua… como yo lo he sido durante mucho tiempo?-, cuestionó al Caesar que era suyo, apartando aquella mano que frotaba su orejita. –Dígame, señor brujo, ¿cuál es el truco? ¿Meter su varita en mi vagina, mientras yo pronuncio repetidas veces la palabra mágica que es su nombre?-, dijo traviesa. Molesta consigo misma por haber sido tan tonta, arrojó el libreto sobre la mesa.

–¡Lo reto a un duelo!-, exclamó formando una espada con su poder, con la cual amenazó haciéndolo poner en guardia. –Como mordedura de serpiente, un piquete de mi arma lo envenenara. En vez de hacerlo arder en lujuria, lo haré arder en fiebre.-, advirtió cambiando el rumbo de la escena. Había hechizado la espada con el mismo flujo tóxico con el que impregnaba las mordidas de sus muertos vivientes. Estaba alterando el reaccionar de su personaje, pero a la vez mostraba el lado venenoso característico de la reina. No había registros de que Cleopatra se desempeñara como espadachina, pero si sobre que había hecho caer a más de un estorbo mediante envenenamiento. Claro que no estaba en sus planes eliminar a Caesar. Su veneno rara vez mataba de inmediato, debían ser en extremo debiluchos para fallecer al instante, el encanto era que los afectados agonizaran durante días. Su lobo era resistente, así que no debía preocuparse porque sucumbiera en un tiempo breve. Solamente quería torturarlo un poquito, algunas horas, como castigo por ser un padre tan sucio…


“Ingenua”, interpretó y respondió mentalmente. Cleopatra preguntaba con la tierna inocencia de una niña cómo podía él transformarla en una adulta, incluso desconociendo que denominarlo hechicero era acertado. Ella interrumpió los mimos sobre la delicada oreja de leona, tomando distancia. Contuvo una risa que buscó escapar ruidosamente, posó el dorso de la mano sobre su boca ocultando la sonrisa que esbozaba, para no irritar más a la dama. La manera atrevida, tosca, en la cual había expresado el truco para hacerla mutar le causó gracia. Ran ciertamente había sido una despistada, lenta para interpretarlo. Aunque aún con esa inocencia que había demostrado tantas veces hacia el lobo que quería devorarla, con esa boquita obscena característica no podía decirse que fuera precisamente la más pura doncella.

Se borró su sonrisa y se puso en guardia, hace tiempo que no chocaba espadas en un duelo con ella, tiempo sin practicar juntos. Él tenía más fuerza física, pero la muchacha mayor agilidad. La reina logró provocarle un corte en la cintura, había sido infectado porque aquel filo tóxico llegó a desgarrar más que su ropa, estaba sangrando. –Déjeme encantarla con los placeres de las pasiones de los amantes…-, dijo continuando la batalla, aunque aquella herida marcaba que debía darse por vencido.

-Yo… ¡Te amo, Ran!-, declaró cambiando la forma de expresarse hacia ella tuteándola, tal como se había acostumbrado en esa vida. Habían sido años refiriéndose a Ran de esa manera más familiar, después de tanto tiempo se había vuelto lo más natural, al punto que actuando como militar debía mantener cierto cuidado de no equivocar la formalidad al hablar. Sus palabras crearon una abertura, se la veía bloqueada sin saber que responder, y él aprovechó la ventaja. Golpeó la espada ajena haciéndola volar, rompiendo un vidrio. Le produjo a la joven un tajo en el brazo, desvaneció su arma, y la empujó sobre el sillón donde la aprisionó bajo el peso de su cuerpo. Apartó el terciopelo cortado con sus dedos, y acarició su lengua la herida sobre la piel de la dama. Había ganado la sangre sagrada que era antídoto contra los efectos del veneno, más no solamente eso, poder saborear la esencia de aquel ser que tanto adoraba cicatrizaba las heridas de su corazón. –Tranquila, reclamo mi cura, también me encargaré de sanarte. Se una buena chica, eres deliciosa, ¿acaso no te excita que deguste tu sangre como vampiro?-, expresó al sentir que ella se removía debajo suyo buscando escapar.


Se quitó el calzado que no era de su talle para no entorpecer sus pasos, y como retadora comenzó el ataque, el ruido de los choques filo contra filo resonó en la sala. Retrocedió y fingió tropezar con la mesa, encontrándose en desnivel lanzó un corte hacía uno de los laterales de su oponente, llegando a producirle una herida, la sangre se deslizó sobre la hoja de su espada. Se consideró la ganadora, porque en sus duelos de práctica siempre el victorioso era quien lograba el primer toque, pero Caesar se mostró con intenciones de prolongar la batalla. Él habló no para declararla vencedora, más bien estaba buscando declararla su amante. Prefirió ignorar que aquel era un pedido que venía de su Caesar, era una línea sacada del libreto quería creer, los golpes de su espada contra la ajena se volvieron más furiosos en medio del acto de negación. No habría tercer round, pues no le permitiría empatar en ese segundo asalto.

Confiada siguió combatiendo, hasta que escuchó al hombre hablar una vez más, una confesión de amor que llevaba su nombre propio, volviéndose más personal. Fue un hechizo que le quitó fuerza, entonces un vigoroso golpe le hizo soltar la espada, en su parálisis recibió un corte en el brazo.
Cedió a los pasos del mayor, retrocediendo hasta desplomarse con él sobre la suavidad del largo sillón. Cerró los ojos perdiéndose en el placer de una mezcla entre cosquilleo y dolor que dejaban las caricias sobre su piel lastimada; al enterrarse esa lengua más profundamente en la herida, de su boca escapó un leve gemido que la hizo entrar en razón. Buscó escapar, pero él no se apartaba, se estaba convirtiendo en una mascota desobediente y ella se sabía en gran medida culpable, ese día estaba cediendo demasiado a los caprichos del perrito. Era claro hasta qué acto quería llegar Caesar, pero ella no se sentía lista para eso. -Ya… Ya tuviste suficiente del antídoto… Y puedo curarme sola… Déjame…-, exigió, pero él siguió saboreándola ignorando la orden, transformado en un adicto incontrolable.

Enojada lo apartó sujetándolo por los brazos y cintura con cadenas formadas por arte de magia, lo hizo sufrir de dolor ajustando la zona lesionada. Su cuerpo libre de aquel peso se incorporó, se puso de pie para abandonar la sala. –Mejor cúrate a ti mismo… Voy a salir hoy, me alistaré… Te dejaré amarrado temporalmente, no quiero preocuparme porque un animal en celo me ataque… Quédate pensando en lo que hiciste, perrito malo…-, le dijo dejándole el cuello atado con una cadena cuyo otro extremo se perdía en el muro como tragado por el cemento. Le dio la espalda para retirarse de aquella sala, él la llamó por el nombre, pero ella no volteó para evitar que los ojitos de cachorro carente de amor la ablandaran.

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