El verano tiene algo de hechizo: tardes eternas, piel tibia por el sol y una sensación de libertad que parece no acabarse nunca. Pero ¿qué pasa cuando empieza a despedirse?, cuando las noches se vuelven apenas más largas y el aire ya no arde igual… Tal vez sea el momento perfecto para invocar un último ritual. Porque festejar Halloween una sola vez al año no es suficiente, nació el Summerween: una celebración que mezcla la intensidad luminosa del verano con el misterio oscuro de las brujas. Es la excusa ideal para transformar la despedida de la temporada en un pequeño aquelarre entre amigas, con calderos llenos de bebidas heladas, velas que compiten con el atardecer y hechizos escritos con rayos dorados sobre las nubes. Summerween no reemplaza a Halloween: lo anticipa, lo reinterpreta, lo vuelve cálido y salvaje. Es glitter negro bajo el sol, vestidos etéreos que flotan en la brisa diurna, tarot al aire libre y risas que suenan como conjuros. Es celebrar la magia cuando nadie más lo está haciendo. Si el verano se va, que se vaya con un ritual. Bienvenidos al hechizo final de la temporada.
@venecia_lamperouge Recordatorio de que aún estás a tiempo de festejar Summerween en Argentina 🦇✨️ #summer #summerween #aesthetic ♬ Hauntina Summerween – Hauntina
Una nueva tradición se suma a nuestro calendario, con Gia celebramos Summerween por primera vez. El picnic mágico empezó cuando el sol bajó apenas y la luz se volvió dorada, suave, casi cómplice. Una carpa de un rosa mágico estampado con murciélagos y una mesita con ofrendas saladas, rodeadas de verde intenso, funcionaron como pequeño altar. Alrededor, los árboles susurraban con el viento, las aves cruzaban el cielo en vuelos tranquilos y, de vez en cuando, la presencia elegante de una mariposa negra se unía al ritual. En el centro, las cartas del tarot abiertas como puertas a otros mundos, y una bolsita con runas esperando a ser lanzadas sobre la tela. Cada tirada fue una excusa para el asombro, cada símbolo una historia que se mezcló con confesiones y chismeríos susurrados entre carcajadas. El futuro importaba menos que el momento compartido. La comida salada circuló sin protocolo: sándwiches de miga y papas especiadas. Sabores simples, reconfortantes, que equilibraron la intensidad mágica del encuentro. De fondo, música tranquila: melodías suaves, un folk delicado e instrumentales etéreos que acompañaron el ritmo del viento. Fue nuestro pequeño aquelarre luminoso donde la naturaleza, la amistad y la magia cotidiana se entrelazaron sin esfuerzo.
Gia me sorprendió con unos regalos de cumpleaños, a destiempo, pero con una energía tan especial que parecen haber esperado el momento justo para aparecer, detalles que solo alguien que realmente te conoce puede elegir. Entre sus manos traía una miniatura de Skullpanda con unos colores pasteles salidos de un sueño. El segundo objeto fue un espejo, uno de esos que invitan a mirarse más allá de lo evidente y encontrarse en un mundo paralelo. Y tercero, un pequeño llavero con forma de mini-grabador, un objeto curioso, nostálgico. Todo el conjunto se sintió como un hechizo cotidiano: suave, íntimo y profundamente significativo.
Para finalizar, la noche nos pedía una sola cosa: terror. Luces bajas, algo dulce para picar y esa sensación anticipada de que algo no va a estar del todo bien. Así fue como terminamos en una función nocturna de “Good Boy”, una película que, a simple vista, parece otra historia más de casa embrujada… pero que esconde un giro tan simple como inquietante: todo está contado desde el punto de vista de un perro. Y eso lo cambia todo, porque lo que para los humanos es duda, sugestión o negación… para un perro es certeza. Ellos no racionalizan el miedo: lo sienten, lo huelen, lo escuchan antes que nadie. Y en esa sensibilidad es donde la película encuentra su mayor fuerza. La casa —antigua, silenciosa, cargada de sombras— no tarda en revelar que algo está mal. Hay algo profundamente perturbador en ver cómo el animal intenta advertir, proteger, entender. Su inquietud se vuelve la nuestra. Sus ladridos, una alerta que nadie escucha. Y en ese aislamiento —ese “yo sé que algo está mal, pero nadie más lo ve”— la tensión crece de forma constante, casi insoportable. La película juega con los sentidos de una manera muy inteligente: el sonido se vuelve protagonista, los silencios pesan, y cada escena parece estirarse un poco más de lo cómodo. No hay apuro, solo una construcción lenta, densa, que se mete bajo la piel. Pero lo más inquietante no es el fantasma, es la impotencia, porque no solo es una historia de terror: es una historia sobre no ser escuchado, sobre percibir lo invisible y no poder traducirlo, sobre amar —porque sí, el perro ama, protege— y aun así no poder evitar lo inevitable. Cuando terminó, la noche seguía igual… pero no del todo. Y no voy a mentir: miré a mi alrededor un poco más de lo normal, observando detenidamente las reacciones de mis animales, por las dudas.
