Diciembre cae como una luz cansada, aunque todo insiste en brillar. Las luces cuelgan como una promesa antigua que nadie se atreve a desatar, y la casa respira con dificultad, llena de ausencias que aprendieron a quedarse.
En 2025 perdimos a Marta, la señora que durante años nos ayudó con la limpieza del hogar. Estuvo en los días comunes, en los difíciles y en esos momentos pequeños que terminan siendo los más importantes. Era conversadora, de esas personas con las que siempre había algo para decir, algo para compartir. Confiable, presente, de esas presencias que dan tranquilidad sin hacer ruido. Amante de los animales, cuidó a mis felinos con un cariño que no se finge, como si fueran propios. Y además fue una gran cocinera, sus comidas tenían ese sabor que no está solo en las recetas, sino en la dedicación. Fue una mujer perseverante y fuerte, pero la enfermedad llegó de manera inesperada y, aunque hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance —también en lo monetario—, los médicos no pudieron salvarla. Queda la sensación amarga de lo injusto y lo abrupto, pero también el recuerdo de su energía, su dulzura y su presencia cotidiana. Fue mucho más que la señora de la limpieza: fue alguien que se volvió familia, que nos cuidó, acompañó y dejó huella. Su ausencia duele, pero su recuerdo queda lleno de gratitud.

Estas fechas siempre me encuentran de la misma manera: nostálgica y a la vez esperanzada. Pienso en todo lo que pudo ser y no fue, siempre siento que me quedaron muchos pendientes, calles por recorrer y cambios por hacer en mi vida, pero también agradezco todo lo que conseguí y que hay un nuevo año por delante para seguir cumpliendo deseos. Siento que cada año el tiempo pasa más rápido y eso es lo que me genera ansiedad, quiero vivir y sentir mucho más.
Hay días en los que mi trabajo es una caricia, hay alumnos dulces, miradas atentas, voces que escuchan de verdad. En esos momentos, enseñar se parece a sembrar, una palabra cae, una idea brota, algo queda; pero hay otros días, ásperos, de gestos torcidos y respuestas vacías, de mala educación disfrazada de desinterés, de ignorancia que no pregunta ni quiere aprender, días en los que el aula pesa más que el cuerpo. El nuevo régimen académico de mi provincia no ayuda, como toda creación perversa del peronchismo, fomenta la vagancia y el desorden. Entonces aparece el reloj como promesa, vivo esperando mi tiempo libre, el instante en que todo se aquieta y puedo volver a mí, a ese espacio donde nadie exige, donde no explico, no corrijo, no sostengo, donde simplemente soy. Trabajar también cansa el alma, y no siempre alcanza con hacerlo bien. A veces, lo único que salva es saber que después existe un territorio propio: horas pequeñas pero sagradas, donde hago lo que quiero, como quiero, sin deberle nada a nadie. Allí me recompongo.
A veces me gustaría descubrir la pólvora. No tanto por gloria y ruido, sino por libertad. Encontrar eso, una idea, una chispa, que me permita soltar el trabajo y dedicarme, por fin, solo a mí por tiempo completo. Sueño con una vida donde el reloj no sea una cuenta regresiva, sino un compañero dócil, donde mis horas no estén hipotecadas y mi energía no llegue usada a lo que amo, donde el tiempo libre deje de ser un premio y se vuelva estado natural. Tal vez sea una utopía. O tal vez sea solo una pólvora aún no descubierta. Mientras tanto, sigo trabajando, esperando, imaginando, guardando chispas en los bolsillos, por si algún día prenden.
Lo que más me motiva, al final del día, es ganar dinero para agrandar mi colección de merchandise de ficciones. No son objetos cualquieras: son portales. Cada figura, cada libro, cada pieza es un fragmento de historia que me espera en silencio, historias que son mi escape de la realidad, mi refugio elegido. A través de ellos viajo, cruzo universos, cambio de piel, vivo otras vidas, soy heroína y villana. La ficción me otorga algo esencial: la posibilidad de imaginarme en otra parte. No para negar lo que soy, sino para recordarme que no estoy hecha de una sola forma. Trabajo para sostener eso, para comprar pedacitos de magia, de épica, de belleza, para armar, poco a poco, un mapa personal de mundos alternativos donde descansar el alma.
Por otra parte, me gustaría tener más amistades, no para llenar espacios, sino para compartirlos, para perdernos por ahí y sumar pequeñas aventuras que después se vuelvan recuerdos: gente con quien decir “vamos” sin explicar demasiado. A veces lo difícil no es encontrar a dónde salir, sino encontrar con quien. Necesito más personas que compartan mis intereses y ganas de explorar sin excusas. Pero lo cierto es que esa dificultad dice algo: que no me conformo con cualquier compañía, que todavía espero encuentros que sumen y no apaguen. Explorar, al final, también es aprender a esperar a quienes caminan con la misma curiosidad.

Agradezco a las poquitas pero valiosas personas que compartieron mis días:
Mi hermana Poly, compañera de charlas infinitas y gustos compartidos, cómplice de silencios cómodos y entusiasmos iguales. Siempre vuelve de sus viajes con regalos preciosos, pequeños tesoros elegidos con amor. Juntas somos como Chiikawa y Hachiware: distintas pero inseparables, avanzando por el mundo con curiosidad, cuidado mutuo y esa alegría simple que hace que todo sea más llevadero.
Mi mamá, brújula constante, presencia que acompaña y guía incluso cuando no se lo pido. La que camina a mi lado cuando nadie más quiere o puede hacerlo, la que aún en la adultez me guía y me enseña cosas nuevas, la que transforma el cuidado en gestos cotidianos y el amor en platos inolvidables, su cocina es un lenguaje propio, imposible de imitar, un hechizo que nadie logra igualar.
Mis gatos, pequeños guardianes del hogar, con su energía inquieta y sus juegos imprevisibles hechizan mis días, llenándolos de travesuras, ternura y una belleza sagrada. Siempre presentes, como espíritus curiosos que cuidan, acompañan y recuerdan que la magia existe en lo cotidiano.
Gia, con quien Halloween se volvió ritual y el cine refugio. Amante de lo esotérico y lo sobrenatural, compañera con quien cada año celebramos Halloween como si fuera una fecha sagrada, entre disfraces, risas y películas oscuras. Compartimos memes y videos como pequeños hechizos cotidianos, señales secretas que confirman que hablamos el mismo idioma, ese que solo entienden quienes creen que lo extraño también puede ser hogar.
Pablo, quien sabe transformar una mesa en un universo infinito de posibilidades. Apasionado de los juegos de mesa, explorador incansable de reglas, tableros y universos posibles, con él cada encuentro es una aventura nueva y cada partida una historia distinta. Coleccionista por vocación, guarda mundos enteros en cajas, esperando el momento justo para volver a desplegarlos y empezar otra vez.
Iris, coleccionista de antigüedades y guardiana del tiempo, dueña de un museo vivo donde la historia argentina respira entre objetos y recuerdos. Contadora de historias por naturaleza, convierte cada pieza en un relato y cada visita en un viaje. Excelente anfitriona, abre las puertas de su mundo con calidez, como quien invita a pasar no solo a una casa, sino a otra época.
Salim y Cristian, amigos que, aunque hayan nacido en la distancia, son presencias constantes hechas de palabras, risas compartidas a través de pantallas y complicidades que el tiempo nunca logró desgastar. Amigos online que demostraron que la amistad verdadera no necesita geografía, solo constancia y un hilo invisible que siempre nos vuelve a unir.

Por último, pero no menos importante, cabe destacar que en los últimos tiempos mi país respira distinto. Después de las elecciones de octubre se reafirmó el rumbo, la mayoría de la población argentina demostró en las urnas que sigue firme con las ideas de la libertad. Temí un retroceso, pero afortunadamente el cambio social y cultural llegó para quedarse, algo se acomodó en el aire, como cuando una habitación vuelve a ordenarse después de mucho tiempo. Tenemos el mejor presidente posible para este momento histórico, y con esa decisión colectiva llegó una sensación nueva: la de estar, por fin, en un mejor camino. Se nota en lo concreto, los alaridos de la oposición parecen susurros apenas audibles cuando la realidad expresa algo diferente: la moneda argenta recupera de a poco su brillo, el libre mercado nos ofrece más variedad de productos y precios, los comercios siempre nos traen las últimas tendencias y las mesas de los restaurantes gozan de buena ocupación incluso a fin de mes, la criminalidad ya no se condecora ni victimiza, las conversaciones ya no giran alrededor del miedo y la incertidumbre. No es ingenuidad: es dirección. Y la dirección importa. La navidad, este año, no es solo memoria y balance, es transición social y cultural, un punto de inflexión donde el esfuerzo empieza a encontrar sentido y el sacrificio deja de ser solitario. No todo está resuelto, especialmente en mi provincia donde aún gobierna un vestigio de la más berreta peronería, pero a nivel nacional hay rumbo y eso cambia la manera en la que se camina.
