Nostalgic Song


~I Remember You~
The wind has become cold., It has a nostalgic smell in the sky
I can see the sea, I’m looking for you, at this spot
Every time I hold your old rusty guitar, I hear our song tugging at my heart
The days seem so cloudy now, passing by one after the other
But then I remembered: “For someone out there,” we must continue on with our life
Yeah, the sun must’ve told that to me

Estado: Atareada
Música que escucho: Sweet Dreams (Emily Browning)
Download: Nada…

Titanic: Damas y caballeros, con ustedes aquí una memoria del barco de los sueños, esta vez presento el episodio titulado: “No me olvides“, sobre primer encuentro entre Conrad Leon Moncrieff (Personaje escrito por su anfitriona) y Rose Dewitt Bukater (Personaje escrito por administradora del foro).


Un artista viajero montado sobre una ballena artificial concebida por el poder de dioses históricamente inmortales, atravesando naturaleza extravagante de tintes azulinos que florecían en fríos susurros fantasmales de “No me olvides”. Azul, color de divino espejismo que se volvía eterno, de una ingenua confianza que lo cegaba, haciendo que su marcha se torciera desviándose de camino. Máquina animal con el poder de trasladarlos en el tiempo, muchos avanzaban hacia un futuro brillante, mientras él retrocedía hacia un pasado brumoso, como escritor frustrado que buscaba un capítulo perdido de su obra maestra inconclusa. Había zarpado persiguiendo la dulce ilusión de su pasado, en un inesperado retroceso psíquico a su yo crédulo de 22 años.

El viento acariciaba su piel con frigidez glacial, se sentía como caricias de un hombre muerto, de un vampírico amante. Soñaba despierto sobre un ayer lejano, se perdía en el tiempo y el espacio, para amar otra vez. Un escenario que había sido abandonado recobraba ahora su esplendor, bajo luz ideal del ensueño. Vislumbró sonrisa de inocencia seductora, en un hermoso protagonista vampiro. Deseó sentir esos colmillos sobre su carne, no en una mordida fatídica que consumiera su existencia, sino en una mordida encantadora que le concediera la eternidad… Juntos.


La joven Rose caminó por la cubierta de paseo pensando en la conversación que tuvo hace un momento con su madre, por qué ella se convirtió en una mujer tan fría e imparcial?, tal vez siempre lo fue y nunca lo supo ver. Suspiró, extrañaba a su padre, pero, era uno de los principales culpables de lo que ocurría en su vida. De todas maneras, no quería pensar en eso, al menos ese día no. Era un viaje, lo disfrutaría lo más que pudiera , eran sus últimos días para hacerlo antes de llegar a Philadelphia. La tarde caía, seguramente pronto llamarían a la cena y tendría que asistir o tal vez podría ir al restaurante a la carte y pedir algo del menú. ”A quien quiero engañar, por más que quisiera no podría hacerlo”, pensó mientras giraba a la izquierda caminando hacia la orilla cercana a las escaleras más cercanas a la popa del barco. Despacio posó sus brazos en la barandilla, miró alrededor, la inmensidad del océano rodeándolos en su totalidad, la gélida brisa acariciando su rostro y cabellos perdiéndose por completo en aquello por unos momentos, dejándose llevar por aquella paz y el sonido del barco rompiendo el océano a su paso.

Comenzaba a refrescar, pero no sentía frío, solo pensaba en aquellas personas a quienes conoció manteniendo una plática agradable. ”Después de la tormenta siempre llega la calma, joven Rose” fueron las palabras que el ingeniero Andrews le dijo la última vez que charlaron. Cómo podría conseguirla si su vida era un caos, si sentía que colapsaría en cualquier momento. Una lágrima escapó por su mejilla, la cual limpió rápidamente, no deseaba despertar lástima en nadie, pero a quien le puediera importar lo que le sucedía, si últimamente se sentía más sola que nunca. Respiró hondo intentando olvidar aquello que le afligía, girando su cabeza en dirección hacia su derecha, ahí pudo ver a un caballero, no le conocía pero al ver su rostro supo que se encontraba nostálgico, su mirada perdida en el horizonte le daba qué pensar. Parpadeó debatiéndose si acercarse o no a él, a su parecer le resultaba alguien interesante, tal vez lo único que necesitaba era alguien con quien charlar y la pequeña Dewitt Bukater podría acompañarlo.

Con cautela dio algunos pasos, tomando su posición al lado de aquel hombre. -Es una bella tarde, no lo cree.-, le dedicó una sonrisa llena de dulzura. -Espero que no le moleste mi compañía, en todo caso avíseme y me retiraré.-, no quería causarle molestias solo entablar una conversación y hacerle compañía, aunque solo fuera por unos minutos, ya que ella misma no deseaba estar sola, al menos no por ahora.


Espontánea voz femenina irrumpió su trance místico, anclándolo al presente inmediato. Su mirada dejó de contemplar el escenario remoto que se había trazado sobre inmenso firmamento azulado, ahora pasando a contemplar a una encarnación de diosa Babalon, mujer de exóticos rizos rojizos, vestida en brillante dorado que deslumbraba como sol. La luz artificial del sueño se había apagado, súbitamente reinando ahora la luz de aquel astro, que imponiéndose repelía presencias vampíricas. -Bellísima.-, musitó. -No me molesta, al contrario. Estaba precisando una compañía que… Equilibrara mi mente…-, replicó en un ataque fóbico hacia el abandono, alzando la voz como si la dama se hubiera distanciado. Hace tiempo que había aprendido sobre las buenas virtudes de la soledad, sin embargo, ese viaje hacia destino incierto lo transformaba en un niño asustado que requería de generoso cuidado.

-Quizás, no debí abordar…-, confesó tras un breve silencio, a la desconocida señorita que ahora era su confidente. No dio importancia a presentarse dando su nombre como preámbulo, era tan solo un pobre donnadie. -Voy a Nueva York en busca de alguien de mi pasado, alguien que muy probablemente nunca me tuvo estima alguna, alguien que sabiendo dónde localizarme nunca buscó ponerse en contacto conmigo… ¿Qué pretendo con un reencuentro?, ¿una cálida bienvenida?, ¿el revalidar una relación que en realidad siempre fue un imposible? Un hombre mayor como yo, no debería actuar como un muchachito ingenuo y terco. Mi vida fue una farsa, ¿por qué me empeño intentando negarlo?…-, suspiró, sintiendo décadas infames abatir su alma.

Allí estaba él, un pobre tipo que había sucumbido a canto de sirena. Era consciente de que a su traviesa abogada bien le divertía el drama ajeno, y si le era posible lo incitaba. Recordó la sonrisa pícara que ella esbozaba, cuando hizo entrega del maldito boleto, cuando reveló la escabrosa información descubierta… Esa mujer no dejaba descansar ni siquiera a los muertos, tenía que desenterrar a Denzel, profanar recuerdos, revivir las llamas sobre las cenizas. Qué ironía, cuando de ficción se trataba lo llamaban “director”, pero en la realidad siempre los otros dirigían su vida. Se dejó tentar por la llamada melodiosa de ninfa del mar, aun conociendo la naturaleza perversa de la misma. Las sirenas eran socias de Hades, quién no lo sabía. Él, aceptando ese pasaje, había firmado su condena, y ahora su alma en decadencia estaba siendo transportada hacia las profundidades del infierno…


Rose contempló en total silencio a aquel desconocido, su sonrisa se mantuvo en sus labios al recibir tal cordial respuesta, pero no hacía falta saber mucho más para darse cuenta que se encontraba triste, lo denotaba en sus palabras que salen como suaves susurros, lo cual logró conmoverla. –Nunca es bueno estar solo.-, suspiró mirando al horizonte unos minutos, lo cual duró efímeros segundos, girando para escuchar a su acompañante con atención. Las palabras del hombre la conmovieron tocando en lo profundo de su ser, impulsivamente colocó su mano sobre la piel contraria, su mirada era de infinita dulzura y pena, la historia le resultaba demasiado triste y melancólica, comprendía que un hombre de su edad ha vivido muchas experiencia a lo largo de su vida, ¿pero el dolor no mide edad ni experiencia verdad?, ¿por qué la vida para mucho es tan complicada? Tal vez no podría hacer mucho por él, al menos le ayudaría a ser mas soportable su pena. -Sabe… Tampoco yo quería abordar el barco, me siento muy sola y cada día que pasa el peso que cargo en mi alma es casi insostenible, no tiene nada de malo sentirse así, la edad importa poco cuando se lleva una tristeza tan grande que consume a uno por dentro.-, dijo mientras aprovechaba esos segundos para soltar sus cabellos.

El crepúsculo comenzaba a asomar, los colores que formaban brindaban un hermoso espectáculo, y así el frio comenzaban a ser más intenso. -Por cierto mi nombre es Rose, dulce caballero.-, le sonrió una vez más, quería al menos en su compañía hacerlo sentir mejor, en su interior sentía que acababa de hacer un nuevo amigo, una agradable compañía con quien puede contar a pesar de haberlo conocido hace unos momentos. Él a diferencia de su propia familia y conocidos del barco le inspiraba paz, sosiego, como si lo conociese de toda la vida. Como la chiquilla que era y sus impulsos siempre la han dominado en muchas ocasiones, entrelazó su mano con la contraria. -Venga, comienza a hacer frío, vayamos a las sillas cercanas a la entradas, no será como estar el calor de una chimenea, pero al menos será menos hiriente, acompáñeme por favor.-, dijo ignorando las miradas escabrosas de los demás pasajeros que los observan, murmurando camino hacia el lugar señalado en grata compañía, tomando asiento una vez llegaron, recorriendo la pequeña distancia que los separaba de la barandilla del barco.

Espero que él la imitara para continuar con su plática. -Cuénteme un poco más de usted, cree que cuando el barco atraque le espere mucho infortunio en la travesía que le espera emprender? Porque realmente deseo que eso jamás suceda, no hace falta conocerlo demasiado para darme cuenta que es un buen hombre, sin embargo, una gran tristeza se denota en su mirada y en cada palabra que menciona, lo cual si usted me lo permite quisiera ayudar a disipar.-, lo miró a los ojos mostrando sinceridad en cada una de sus palabras, sería agradable compartir vivencias en lo que durara el viaje, pues quien sabe si en tierra se volverían a ver, al menos intentaría hacer el viaje mas soportable para ambos y qué mejor que la grata compañía que se pueden brindar mutuamente. -Disculpe si soy algo impulsiva, después de todo soy una mujer algo atrevida, no es mi deseo hacerlo sentir incomodo, todo lo contrario, quiero ser una agradable compañía para usted.-, dijo con un claro rubor en sus mejillas, ella no estaba acostumbrada a socializar con personas mayores… Después de todo solo era una adolescente.


Ella poseía el poder de la empatía, y no se inhibía a la hora de combatir los terrores del silencio. Él lo supo desde el primer instante, desde el momento que la soledad se había esfumado, y ahora esas palabras lo ratificaban, aquella unión química no era meramente accidental, sino que la atracción de sus almas era lógicamente inevitable. Los dos vivían el viaje de la misma manera, se sentían a la deriva, y tan solo buscaban un salvavidas para temporalmente no hundirse en angustia.

Las insólitas hebras de azafrán se alborotaron en un exquisito revuelo. Creencias populares atribuían significados diversos a las mujeres que poseían tales pigmentaciones naturales extravagantes. Diosa de la seducción, bruja, signo de mal augurio, o amuleto de la suerte. Bien podía decir que, aquella dama lo era todo. Poseía sagrada belleza capaz de impactar sobre la percepción de quien fuera, emanaba misteriosa magia que le contagiaba infinita energía, el mar desembocaba en oscuro destino más sin embargo aquella compañía podía dejarle algún recuerdo afortunado.

-Mi nombre es Conrad. Conrad Moncrieff.-, rompió el anonimato ante la presentación de la dama. Se dejó enredar dócil por el suave tacto de aquella rosa, presto a conocerla de raíz, aceptaría su fragilidad y también sus espinas. La siguió, como se seguía a una estrella guía cuando se perdía el camino, para refugiarse del venidero mundo de tinieblas nocturnas desconcertantes. Necesitaba un sol que no dejara de irradiar luz para mantenerse despierto, las últimas noches había sufrido escabrosas pesadillas y precisaba alejarse de ellas.

Cubrió los hombros de la dama con la elegancia de su saco de seda negra, y tomó asiento. Escuchó la inocente curiosidad latente. Guardó silencio, ordenando su mente, considerando la manera más pertinente de transmitir su historia. Era una larga historia, por dónde era propicio comenzar, debía explayarse haciéndola recorrer cada hilo de la telaraña de engaños, o era mejor sin preámbulo presentar el veneno más peligroso que consumía su ser. Irónicamente otra vez caería en la mentira, puesto que había vivido un romance con un hombre, y ese hombre había sido su hijastro, y esa era una situación complicada para ser revelada. Podía decir que su compañera tenía un espíritu liberal que se había demostrado al desatender miradas recriminadoras al paso, pero ese espacio donde merodeaban los otros no era propicio para aclarar tales detalles.

El silencio se consumió transformándose en una disculpa que le provocó un inmenso sentimiento de ternura. Percibió mezcla peculiar, ciertamente aquella era una mujercita atrevida, pero en ese instante la vio mutar a una niñita tímida. -Disculpe usted, por incomodarla con mi pausa… Yo sonaré más atrevido, y quizás la haga sentir incómoda, pero… ¿Gustaría usted acompañarme a mi suite para tener una charla privada, lejos de esta pasarela indiscreta?


Rose se percató del noble gesto del caballero al brindarle su abrigo para abrigarse del crudo frío de la noche. Era increíble pensar que a pesar de estar en plena primavera, las bajas temperaturas del océano lograban hacer mella sobre el clima. Miró a su acompañante sonriéndole grácilmente al escuchar su nombre. -Es un nombre muy bonito.-, clamó con algo de timidez notando una pausa, un silencio que se hizo presente por unos minutos entre ambos. Tal vez se apresuró a preguntarle sobre él, después de todo recién se estaban conociendo. Sin embargo, ¿tal vez aquel caballero pensó que ella preguntaba por la razón por la que se sentía así?, y si, en parte le provocaba curiosidad el motivo que afligía el alma de tan noble ser, por otra parte, ál podría ser de gran ayuda para aconsejarla, sería bueno conocer y poder charlar con alguien con experiencia, como enfrentar aquel destino nefasto que le esperaba al regresar a Philadelphia, donde su familia y amigos la esperaban para festejar algo que no tenía vuelta atrás, por más que buscaba no podía hallar la solución a dicho problema.

Sus ojos azules se clavaron en él al escucharlo disculparse negando con cortesía, y si, quedó anonadada al momento de oír las últimas palabras de Conrad al invitarla a su camarote. Incomodidad no era el termino, sorpresa, asombro… Sin dudad. Era la primera vez que un desconocido la invitaba a un lugar íntimo por decirlo de esa forma, nunca había estado en la habitación con un hombre que no fuese su prometido. Respiró hondo quedando unos segundos en silencio para pensarlo, ¿sería conveniente ir? Sería apropiado, si alguien llegase a verla significaría que su reputación anduviera en boca de todo el mundo, o peor si Caledon llegase a enterarse sería capaz de matarlo. Si antes se encontraba confundida, ahora se sentía contra la espada y la pared, fuera cual fuera la decisión afectaría directamente a ella o a él. Suspiró rompiendo el breve lapso de silencio que creó entre ambos, pensando que tal vez sería la última vez que pudiera hacer una travesura, pero eso sí, ambos debían ser cuidadosos.

Arregló un mechón de su cabello rebelde detrás de su oreja acercándose para susurrarle en voz baja. -De acuerdo, pero antes noble señor debo advertirle dos cosas…-, hizo una pausa para proseguir. -La primera es que soy una mujer comprometida, mi madre y mi prometido me esperan para la cena, por lo que no debo demorar; y segundo, debemos ser cuidadosos, que nadie nos vea, sobre todo a mí, muchas personas en el barco me conocen, no sería apropiado que mi nombre anduviera en boca de todos cuando estoy a dos semanas de celebrar mi boda.-. Cada vez que repetía aquella palabra sentía su corazón exprimirse por el dolor que le causaba, pero como toda niña bien debeía aparentar felicidad cuando lo único que deseaba verdaderamente era huir de todo y todos. Dicho esto se acomodó un poco el abrigo sobre sus hombros. -Solo espero que no piense mal de mí por aceptar su propuesta.-, susurró mirándolo a los ojos con cierta pena en su rostro, esperando observar la reacción en base a su respuesta.


Tras un silencio ante su imprudente pedido, voz que se dejó escuchar en un íntimo susurro aceptó la invitación. Atendió cada punto expuesto, aclarándosele el panorama de su secuaz de peregrinaje. -Es una verdadera lástima, planeaba no dejarla dormir…-, respondió en un murmuro risueño travieso, al oído de la dama. Había estado pretendiendo pasar la noche juntos pero realmente su invitación no había cargado con una finalidad indecente, sin embargo ciertas adorables reacciones de la muchachita inevitablemente terminaron activando en él un deseo juguetón de provocarla, y había osado expresar aquella frase buscando denotar un significado lujurioso. Divertido, simplemente quería apreciar como aquella rosa continuaba floreciendo en carmín por la fogosidad de los momentos secretos compartidos.

Del bolsillo del abrigo que portaba la joven, sacó una tarjeta y una pluma. Su presentación ponía en manifiesto su nombre completo “Conrad Leon Moncrieff”, su profesión como dueño y gestor de hoteles “Dream Theater”, la dirección de la sede central en Coventry Street y un número telefónico. En el reverso, escribió el número de su suite. -Una propuesta interesante. Sería magnífico tener una charla de negocios con su señor prometido.-, expresó vigoroso como codicioso posible socio inversionista, dejándose escuchar adrede por cualquier aledaño. Hizo entrega del papel con los datos personales, y sin más se despidió. -Tenga usted una buena noche, señorita.-, saludó sellando sus palabras con un gentil beso al dorso de la mano de la joven.


Rose sintió que sus mejillas ardían más que nunca, sabía que lo dicho por su nuevo amigo no iba con el propósito lujurioso aunque a simple vista así pareciera. Sonrió con complicidad acompañado de una sonrisa traviesa. -Jaja, debo suponer que está coqueteando conmigo señor Conrad, porque tal vez funcione.-, comentó con una expresión de inocencia acercándose un poco más a él para besar su mejilla. Poco después se sorprendió observando hacia abajo mientras sacaba lo que parecía ser su tarjeta de presentación conjunto a una pequeña pluma donde escribió algo. Ella intentó mirar de qué se trataba, al momento en que recibió la misma quedó maravillada, conocía esa cadena de hoteles. Más de una vez escuchó hablar maravillas del mismo, los edificios, los servicios, sin duda le diría a su madre que en alguna ocasión los visitara, o tal vez no pues el dinero no era suficiente para poder darse dicho privilegio, aunque pensar en futuro por ahora es lo que intentaba evitar.

Miró el dorso de la tarjeta memorizando el numero de su suite, escuchando sus gentiles palabras. -Seguro, siempre que sea negocios a Caledon le interesara, y donde lo puede encontrar seguro es en la sala de fumadores con los demás caballeros donde se pasa la mayor parte del tiempo para mi suerte.-, recalcó con énfasis las últimas palabras, pues cuanto menos tiempo puedan pasar juntos mejor. Lo que no esperaba era sentir los labios de aquel caballero en el dorso de su mano claramente despidiéndose, pero no lo dejaría marchar, no aún. Al momento que este la soltó tomó su mano deteniéndolo para que no se marchara. -Espere por favor no se vaya, quisiera pasar un momento más con usted si es posible, no quiero ser egoísta, pero me siento cómoda con su compañía, es una de las pocas cosas buena que me ha sucedido desde que abordé el barco.-, suplicó aun manteniendo sus manos unidas, por una extraña razón el calor que emanaba de la mima la confortaba, como si se tratase de un familiar o un amigo de toda la vida.

Ruborizada, lentamente soltó su mano aun si saber cómo reaccionaría el caballero, por lo que aun manteniendo la sonrisa se puso de pie quitándose el abrigo para entregárselo. -Discúlpe mi atrevimiento, soy una desconsiderada, seguramente usted tiene cosas que hacer y yo estoy robándole su valioso tiempo, si lo desea mañana puedo visitarlo para tomar el té juntos, ¿le parece?-, preguntó en un hilo de voz apenada por su comportamiento.


Una calidez desbordante se apoderó de él, interrumpiendo el distanciamiento, impidiendo la soledad. Ese contacto desesperado causó sentimiento nostálgico, una remembranza hacia la primera vez que alguien demostró aferramiento vehemente hacia su persona, un suceso percibido extraordinario porque desde aquel entonces no se repetía. Aquella mujer funcionó como espejo al pasado, cuando de pronto vio reflejado en ella al joven sirviente carente de afecto que conoció alguna vez. En un reencuentro momentáneo, pudo ver a Denzel tomando su mano, implorando que prolongara su estancia. Había planeado quedarse a cenar en la mansión Midford, pero surgió su partida bruscamente repentina, puesto que los dueños de la casa lo habían agobiado en exceso y creyó conveniente retirarse antes de que sintiera la necesidad de iniciar una discusión. Sin embargo, la persistencia del joven empleado le causó un dubitar, cómo podía negarse a permanecer, cuando aquel muchacho que hasta entonces había mostrado fortaleza en ese ambiente hostil ahora parecía un cachorrito que necesitaba urgente resguardo.

El dulce contacto se perdió en un desliz desgarrador, destruyendo el espejismo añorado. Más sin embargo pronto se descubrió aliviado, el pasado había dejado de desdibujarla, era solamente ella, una mujer inexperta que pecaba de autenticidad en un mundo mañoso profesionalizado en el aparentar. Acarició aquella cabecita gacha por la pena, alborotando los cabellos rojizos. Se cuestionó por qué su desgraciada conciencia se encaprichaba en mantener memorias mentirosas en divino altar, como si se trataran de recuerdos maravillosos que no debía ser olvidados. Aquel día, Denzel no había deseado su compañía, exclusivamente había actuado codiciando riqueza. Detuvo el toque paternal cuando sus pensamientos se arremolinaron, inevitablemente el veneno que continuaba efectivo carcomiendo su ser perturbó la serenidad, ahora pasando a recriminarse si acaso cometía un error cediendo demasiada confianza a una desconocida. -No… Usted, perdóneme…-, expresó una disculpa, sentido especialmente por estar equiparándola una vez más con un farsante, intentando calmar la paranoia que lo condenaba a la eterna solitud.

Tomó el abrigo, solo para volver a cubrir el cuerpo de la dama, bien podría servirle como un pretexto para el reencuentro. -Ciertamente, el mañana ahora parece tan lejano que es inquietante. He de confesar que pretendía que usted me buscara en mi suite esta misma noche, pero… Cuenta la leyenda que las mujeres gustan de los hombres misteriosos, y creo poder soportar la espera si significa enloquecerla con una interminable noche dominada por ansiedad apasionada…-, le susurró divertido. -… Estaba bromeando. No soy un hombre tan sádico. Solamente un poquito. Usted es una invitada especial, puede presentarse en el horario que deseé. Puede devolverme el abrigo entonces.-, concluyó con un guiño sagaz. Realmente no esperaba que su despedida fuera un hasta mañana, sino un hasta luego.


Sus mejillas ardieron ante el comentario del caballero, pero no le molestó, más bien provocó cierta comodidad y sosiego en su ser. Suspiró manteniendo la sonrisa traviesa dibujada en sus labios, mucho más cuando sintió la cálida caricia, porque aunque no había sido eso Rose lo sintió asi. Levantó la vista para observarlo con un brillo especial en los ojos al volver a sentir el chaleco sobre sus hombros conjunto a las palabras, ahora comprendía mejor las intenciones de aquel dulce señor y estuvo de acuerdo con ello. Se aproximó para besar su mejilla y aprovechando la ocasión se inclinó para susurrar coqueta. -Las ninfas son seres que gustamos de los hombres misteriosos pero no todo el mundo tiene la magia de poder ver mas allá de lo que su realidad percata… Iré detrás de usted, le aseguro que tal vez por fuera parezca una joven loca y atrevida y si lo soy, pero hay mucho más en mi que solo eso… Espero que pueda descubrirlo por usted mismo.–, finalizó separándose lentamente.

La brisa helada comenzaba a golpear con fuerza, era inevitable no tiritar un poco, era increíble como el frio del mar podía explayarse en el clima con tanta furia. Lanzó un beso hacia él en respuesta a aquel guiño dirigido hacia ella e inmediatamente se cubrió totalmente con el abrigo volviendo a mirar la tarjeta que yacía en sus manos. La observó dando tiempo a que el hombre se retirara a su suite. Regresó a tomar asiento abrazándose y autofrotando sus brazos para disminuir el frío que calaba en su piel como pequeñas agujas pinchándola por cada poro. Los minutos pasaron, diez, tal vez quince ,había perdido la cuenta. La noche había caído y varios de los pasajeros que se trasladaban por la cubierta de paseo se habían esfumado, seguramente por el frío, y los que se encontraban acababan de llegar. Lentamente se puso de pie caminando hacia el interior del barco en dirección hacia la puerta de entrada a las cubiertas. Ingresó a ver donde se ubicaba el camarote, realmente era una suerte que se encontrara en la misma cubierta.

Cruzó el umbral de la puerta donde saludó amablemente al caballero que le abrió la misma comenzando a caminar mirando ambos lados los camarotes, murmurando los números. -Suite 18… Suite 18…-, susurraba para sí misma hasta que por fin llegó al lugar indicado. Se arregló un poco y respiró hondo mientras su mano tocaba la puerta de la habitación, solo quedaba esperar que él le abriera y continuar su charla la cual aún quedaba pendiente…

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